Crimen sin límites mata a familias completas en México

Al mes son asesinadas una o dos familiar en el país

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Crimen sin límites mata a familias completas en México

MÉXICO – Los criminales mexicanos perdieron los límites y el respeto por una de las instituciones hasta hace poco sagrada y casi nunca tocada por las balas: la familia. En las venganzas diarias que se cobran a sangre y fuego en todo el país las víctimas también suelen ser bebés de unos cuantos meses, niños que están aprendiendo a leer y escribir o adolescentes estrellas del equipo de futbol de su comunidad cuyo único desatino fue ser hijos de sus padres.

Un recuento de la prensa nacional suma al mes alrededor de dos o tres familias completas asesinadas con armas AK45 o R15 donde los delincuentes tomaron por asalto a padre, madre e hijos para acribillarlos sin distinción sea en casa o en plena vía pública.

El pasado 9 de enero, la ciudad de Chilpancingo, capital del estado de Guerrero, uno de los más violentos del país por el cultivo y tráfico de drogas, se convulsionó incrédula ante el triple asesinato del médico internista Nicéforo Cabrera Rosado, de 42 años; su esposa y profesora de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG), Jeany Rosado Peña, de 40, y su hijo Daniel Cabrera Rosado, de 13 años, jugador del equipo Chivas Real.

Daniel Cabrera y su madre Jenny Rosado
Daniel Cabrera y su madre Jenny Rosado

Los criminales ingresaron al domicilio de la familia, pusieron la pistola en las sienes de padre e hijo y ahí mismo les dispararon. A la madre se la llevaron y luego la tiraron muerta en un barranco con un móvil que los chilpancingueños no entienden:“Tenían una conducta intachable”, dijo Javier Saldaña, rector de la UAG, durante una emotiva ceremonia donde la comunidad universitaria despidió con indignación a la profesora.

Pero la manifestación más emotiva de rabia y dolor se dio en la cancha de fútbol La Ciénega, donde un grupo de niños cargaron el ataúd de su compañero y lo pasearon alrededor del campo antes de llevarlo al funeral entre rabia y dolor por la impotencia de enterrar a una promesa del deporte.

Para el arzobispo José Luis Chávez, de la diócesis de Antequera, las familias mexicanas están siendo víctimas no sólo de la violencia y la corrupción sino de la pérdida de valores en los padres. “Nos debe quedar bien claro que cuando la familia pierde el rumbo, misión y capacidad de amar ya no forma buenos ciudadanos”.

Durante la segunda semana de julio de 2016 la fronteriza ciudad de Reynosa, Tamaulipas, fue testigo de cómo los valores pasaban a segundo plano para abrir camino a los mensajes de intimidación a partir de asesinatos de familias. Por esas fechas atacaron a tres.

En un primer asalto murió un bebé de cuatro meses y cinco adultos; en el segundo, dos adultos, nueve mujeres y cuatro menores de edad y, en el tercero, un hombre y dos mujeres: una de sólo dos años.

“Parte de la descomposición social y la violencia que parece sin límites está relacionada al consumo de las drogas: bajo los efectos de las drogas hacen cosas horribles e inimaginables”, observa Carlos Mata, fundador del despacho jurídico Delox, quien ha seguido de cerca casos de feminicidios y violencia en el Estado de México, el de mayor incidencia delictiva en el país.

“Algunos delincuentes están tan drogados que incluso cuando los agarran infraganti y los llevan a declarar al Ministerio Público ni siquiera pueden hablar y no están conscientes del daño que dejan en el camino”.

El año pasado una niña de siete años que se escondió en la cajuela del auto de sus padres fue testigo de cómo arrodillaban a su madre Julia Mendoza; a su papá, Rolando Gutierrez, y a su hermano, Gustavo Ángel. Los apilaron y les dieron el tiro de gracia en la localidad de San Miguel Xoxtla, Puebla.

Cuando vio a su familia inerte en el suelo y los malandrines habían desaparecido ella corrió en busca de ayuda y así dio parte a la policía municipal.

“El daño social que hace la violencia en contra de las familias no es algo que se repone fácilmente, van a pasar generaciones enteras para que sane la herida”, dice Aurelio Páez, fundador del albergue Vino, Trigo y Aceite para niños huérfanos en Ciudad Juárez, muchos de ellos vivos de milagro: porque las corrieron o se escondieron o las balas no los alcanzó.