Taller enseña a niños repatriados enfrentar el bullying en México

Los menores se enfrentan al rechazo

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Taller enseña a niños repatriados enfrentar el bullying en México
Un grupo de niños binacionales toma el taller contra el bullying de lenguaje que encabeza Laura Munguía.

MÉXICO – En primera fila del taller “La fuerza del lenguaje ante el bullying de niños binacionales” está Julia Abigail Martínez, de 12 años, la mayor de un grupo de chicos que se presentan puntuales a las instalaciones de la organización New Comienzos para aprender a sobrellevar, combatir y hasta aprovechar lo que hasta ahora les parece una debilidad, un defecto, una injusticia de la vida: hablar inglés.

Porque a esa edad es difícil mirar al futuro, observan los padres y coinciden los maestros. Los menores no comprenden que dominar dos idiomas es mejor que uno y sólo creen que sus trabas con el español y su dominio de otro idioma son una pesada loza que los convierte en blanco de agresiones y burlas por parte de sus compañeros del colegio desde que regresaron de Estados Unidos con sus padres.

“Ay qué presumida”, le dicen una y otra vez a Julia cada vez que se le sale algún “Let’s go to play” o algo parecido del lenguaje que aprendió de su madre Yamilethe Galeana quien emigró a Chicago cuando tenía dos años en brazos de sus progenitores oriundos de Guerrero.

Julia Abigail Martínez y su mamá Yamilette al final del taller.
Julia Abigail Martínez y su mamá Yamilette al final del taller.

“A mi no me enseñaron más que inglés en la escuela y ese era mi principal idioma hasta que decidí regresar a México después de mi divorcio, ya adulta, y así he educado a mi hija para que lo hable y lo escriba”, cuenta Yamilethe mientras Julia toma el taller que imparte la terapeuta del lenguaje Laura Munguía.

Munguía es pionera en crear un sistema que ayuda a integrar al mundo escolar a hijos de repatriados o mexicanos de retorno, un grupo que ronda en aproximadamente 500,000, según cálculos extraoficiales del Instituto para las Mujeres en la Migración.

Fíjense que el otro día me contaron que a un niño sus compañeritos lo criticaron por no hablar bien español- dice la maestra delante del grupo de 18 pequeños que  desde los cinco años ya tienen dificultades culturales por haber crecido las primeras etapas de sus vidas en Estados Unidos hasta que sus padres retornaron al país de origen-. ¿Ustedes qué le dirían  ese niño que los critica?

Julia se ríe. El resto del grupo se queda meditabundo. Alguno dice que en venganza le diría “cuatro ojos”.

– Pues yo me enteré que ese niño les contestó en inglés para que los otros supieran que tampoco ellos entienden todo – comenta Munguía poco antes de salir del salón para quitarse la bufanda y ponerse unos lentes que la convierten en Jenny, un personaje alterno que lo sabe todo.

“Lo mejor para ellos es enseñarles a través de representaciones –explica Munguía a este diario durante una pausa de la clase- y para enfrentar el bullying por el lenguaje lo que queremos transmitirles a los chiquitos es que no se enojen, que se defiendan primero con sus fortalezas (el inglés) y la cultura de la paz y si no funciona ya recurrimos a una persona mayor”.

– Ahora quiero que se miren al espejo y me digan si sus ojos sonríen. ¡Verdad que sí! ¡Verdad que están bien guapos! ¿Quiénes se sienten guapos?

La mitad del grupo levanta la mano, entre ellos, Jaqueline Gutiérrez, de ocho años, quien regresó con sus padres cuando tenia tres y en casa aprendió los dos idiomas.

Jaqueline es segura de sí misma a pesar de las groserías que enfrenta cada vez que pregona en el aula que es americana. “Pero, si estás bien morena, ¿cómo vas a ser de Estados Unidos?”, le reprochan sus compañeritos en el recreo: ser “gringo” para ellos es sinónimo de persona blanca de ojos azules aunque los tiempos han cambiado y la migración arroje otra realidad.

“La vida para nuestros hijos no es nada sencilla: los critican si tenemos tatuajes, si hablan inglés y desde que Trump dijo que todos los migrantes son violadores, narcotraficantes y delincuentes en la escuela les dicen lo mismo aquí en México”, lamenta Alejandra Gutiérrez, madre de Jaqueline, repatriada de Atlanta, Georgia.

Jaqueline Gutiérrez a lado de su madre Alejandra durante un convivio entre familias binacionales.
Jaqueline Gutiérrez a lado de su madre Alejandra durante un convivio entre familias binacionales.

Jaqueline y Julia están contentas con los consejos que ahora escuchan en el taller al que se ha incorporado “Pepe Pizarra” una aplicación que ayuda a entender mejor los sonidos y la escritura del español. Ajá, dice un niño de unos seis años: “con esto voy a aprender mejor que Luis (algún compañero en su escuela) y yo le voy a enseñar también inglés”.

Todos se levantan y toman unos dulces para llevarse en la mochila con la promesa de que los van a comer para no “sentir feo” cuando les digan cosas e intentar hablar con el agresor para que aprenda inglés y sepa que los dos son mexicanos y quieren lo mejor para su país.

¿Te imaginas que un niño enseñe al otro? Ese es aprendizaje vivo, el mejor: lo que viene es mejor, concluye optimista la terapeuta. “Adiós Jenny”, le dice un pequeño agitando la mano y en perfecto español.