Los cambios no deben forzarse

No podemos manipular la realidad a nuestro antojo. Si algo va a pasar, llegará en su momento
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Los cambios no deben forzarse
Si las cosas van a suceder, ocurrirán en su momento exacto.

Se miró al espejo y vio su cara destruida. Su angustia y desesperanza salían por todos lados. Observó sus párpados, llenos de pequeños derrames. La fuerza que había hecho anoche para vomitar toda la comida indebida, le había roto un montón de pequeños vasos sanguíneos.

“La bulimia la estaba matando. Para peor, Verónica no se animaba a hablarlo con nadie. ¿Cómo contarle a alguien algo tan bochornoso?”

Hundida en su propio aislamiento, crecía el sentimiento de que no tenía escapatoria. Día a día, fracaso tras fracaso, iba percibiendo que esta adicción la llevaba a la muerte.

Después de un baño, se fue a trabajar como pudo, sintiéndose una mutante. El metro estaba con poca gente, así que se sentó al lado de una mujer de unos cincuenta años.

Un par de estaciones después y sin proponérselo, la mujer identificó unas lastimaduras en los dedos de Verónica, cerca de los nudillos. Disimuladamente buscó otras pistas. Al detectar los derrames en los párpados asumió que era muy probable que esa joven tuviera esa enfermedad con la que ella había peleado tantos años.

-Yo tuve bulimia muchos años, -soltó como si aquellas cinco palabras fueran algo menor.

En estado de alerta máxima, Verónica la miró sin decir palabra.

-Años con ese calvario y convencida de que me iba a morir. La montaña rusa se transformó en un tobogán que nunca se terminaba. Siempre podía estar un poco peor.

Verónica permanecía callada.

-A más exigencia, más fracaso. La repetición de fallas me generaba inseguridad y frustración. Y cómo respondía yo a eso? Con más exigencia, -continuó la mujer.

Verónica sabía de qué le estaban hablando. -Y qué hiciste?, -preguntó como si solo se tratara de curiosidad.

-Un largo camino. Primero tuve que conectar con la carencia. Con esa voracidad interior que nada la saciaba. Y obviamente no estoy hablando de comida sino de afecto. Como si empacharme me anestesiara el dolor de alma que tenía. Me dí cuenta que debía empezar a desarrollar un vínculo amoroso conmigo misma. Pero ¡qué difícil! Si lo único que hacía era exigirme y descalificarme.

La mujer, viendo que ganaba en confianza, le explicó a Verónica que recién cuando había tocado fondo pudo empezar a curarse. Que todos sus esfuerzos previos habían sido contraproducentes. El hecho de rechazar la situación y querer corregirla solo había agravado las cosas. En cambio, al sentirse completamente derrotada e incapaz de torcer un solo milímetro el rumbo, no había tenido más remedio que aceptar. Y la aceptación había abierto la puerta al cambio profundo.

-Me dí cuenta que mi rechazo a lo que me tocaba vivir solo agravaba las cosas. En el fondo, yo había definido que la vida debía ser de tal forma, y pretendí excluir todo aquello que era problemático, imperfecto, errado. Y la vida se me rebeló con la misma intensidad con la que yo pretendía corregirla. Tuve que aprender a incluir cosas que yo no quería. Validar el extremo opuesto a lo que pensaba; de lo contrario, sin integración no había posibilidad de cambios reales, -dijo la mujer.

Verónica sentía que ya estaba sanando. El mero hecho de escuchar a alguien decir exactamente lo que le pasaba, la sacaba de su aislamiento, y del sentimiento que su destino fatal era inexorable.

-Todo el tiempo buscaba intensidad, -amplió la mujer. Como si no tenerla fuera sinónimo de no estar viviendo, de estar muerto. Pero pude soltar el extremo del control, y luego de pasar al extremo opuesto de dejar fluir todo, encontrar un término medio. Ahora sé que esa tensión, ese péndulo siempre oscilará, pero aprendí a no pretender controlar, a no querer dictarle a la vida cómo debe ser. Y sobre todo, a bajar la vara.

-¿Bajar la vara?, -preguntó Verónica sin comprender bien a qué se refería.

La mujer le explicó que se refería a exigirse menos. Que contrario a lo que se creía, uno alcanzaba sus estándares bajando la vara, flexibilizando, relajando. Que las personas teníamos que experimentar la poca exigencia y ver cómo se vivía así, más cómodos y reconciliados con la vida.

-No se puede forzar el cambio, -completó. El verdadero cambio sucede solo. Nosotros empujamos, nos esforzamos, pero si pensamos que el cambio lo produciremos nosotros, estamos perdidos. Las condiciones para que el cambio pueda surgir provienen de la aceptación y nunca del rechazo a nosotros mismos.

-¿Pero cómo voy a aceptar aquello que me destruye?, -preguntó Verónica exponiéndose.

-¿Y qué te hace pensar que rechazándote y odiándote a ti misma vas a cambiar?

Verónica sintió que aquella pregunta era jaque mate. La mujer se paró y le entregó una tarjeta con sus datos. Luego se dirigió a la puerta, y guiñándole un ojo, le dijo:

-Vas a estar bien.