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Home ACTUALIDAD

Lavoe llega tarde, pero llega

Por Orlando Campero
octubre 1, 2026
en ACTUALIDAD, DSHOW, ENTRETENIMIENTO
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Lavoe llega tarde, pero llega
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Anoche, en una tienda de esquina alguien pidió a Lavoe, no dijo «Héctor Lavoe». Dijo «ponte una de Héctor», con la confianza de quien habla de un familiar que se fue a trabajar y todavía no ha vuelto.

El dueño, detrás del mostrador, no preguntó qué canción. Puso Periódico de ayer. Un cliente de guayabera desabotonada, que llevaba media hora alegando un penalti que nadie más vio, se quedó quieto, con la cerveza a medio camino de la boca, esperando el coro. Entró medio segundo antes de tiempo, desafinado y feliz.

Ayer, 30 de septiembre, Héctor cumplió 80 años. O los habría cumplido. Con Lavoe uno se enreda con los tiempos verbales, porque es de esos muertos que siguen llegando a la fiesta sin que nadie los haya invitado.

Para cuando nació, en 1946, en Ponce, en la costa sur de Puerto Rico, todavía se llamaba Héctor Juan Pérez Martínez. Ningún locutor lo había bautizado, ningún afiche lo anunciaba. Era el hijo de un músico de tríos que tocaba guitarra para ganarse la vida y de una madre que cantaba en la casa y que se le murió cuando él era muy niño. De ella, dicen los que lo conocieron, le quedó el gusto por cantar sin pedir permiso.

En aquella isla las emisoras soltaban bolero por la mañana, plena a mediodía y aguinaldo jíbaro cuando se acercaba diciembre. Y en medio de todo, los trovadores, esos señores capaces de agarrar una frase que les lanzaba el contrincante y devolverla rimada, en décima, sin titubear. Héctor escuchó eso. Lo escuchó tanto que se le quedó pegado en el modo de pensar. Años después, frente a diez mil personas, iba a hacer exactamente lo mismo, escuchar, aguantar un compás y responder.

Llegó a Nueva York en 1963. Tenía 17 años, una maleta liviana y la desobediencia completa, porque el papá no quería que se fuera.

La ciudad que lo recibió no era la de las postales. Era la del Bronx y East Harlem, donde el español se hablaba a gritos de una ventana a otra y las congas se tocaban en los parques porque en los apartamentos no cabían. Boricuas, cubanos, dominicanos, panameños; todos pegados en los mismos bloques, todos extrañando algo, todos inventando sin darse cuenta la música con la que iban a sobrevivir a esa tierra de todos y al mismo tiempo, tierra de nadie. A eso, unos años más tarde, la industria le pondría un nombre de cocina: salsa.

Ahí apareció Willie Colón. Un pelado del Bronx, hijo de puertorriqueños, con un trombón que no sonaba bonito sino bravo, agresivo, de pelea callejera. A Willie le faltaba un cantante. A Héctor le sobraba garganta.

Grabaron El Malo en 1967 y desde el primer surco se notó que aquello no se había cocinado en una oficina. Después vinieron Cosa Nuestra, La Gran Fuga, El Juicio, todos con la etiqueta de Fania, todos con esa mezcla rara de trombón de barrio duro y voz de muchacho de campo que se fue a la ciudad y no se dejó domesticar.

El apellido, por cierto, también salió de la calle. Le decían «La Voz», y de tanto repetirlo quedó Lavoe. Hay artistas que pagan agencias para encontrar un nombre artístico. A Héctor se lo bautizó el barrio de gratis.

Asalto Navideño, de 1971.

Ese disco hizo una cosa que todavía me parece una travesura. Agarró el cuatro puertorriqueño de Yomo Toro, ese instrumento de montaña, de parranda en la finca, de lechón en la vara, y lo sentó a la mesa con los trombones de Willie en pleno Nueva York. El jíbaro y el tíguere de esquina compartiendo el mismo plato de arroz con gandules, en un edificio de cuatro pisos sin calefacción.

Y en el medio, Héctor, cantando como cantaba cualquier boricua en una parranda de diciembre, con el pecho abierto y sin pensar en la nota exacta. Ahí se entiende algo que las biografías a veces se saltan, Lavoe nunca dejó de ser de Ponce. Ni en el Bronx, ni en el Madison Square Garden, ni en el Yankee Stadium con las Estrellas de Fania.

Su voz, hay que decirlo, no era de conservatorio. Era nasal, aguda, con un filo que cortaba el aire de la orquesta. Usted la oye dos segundos en un bus y ya sabe quién es, aunque no sepa el nombre de la canción. Pero el truco no estaba en la voz. Estaba en la cabeza.

Héctor era sonero, que es otra cosa. Cuando la orquesta abría el montuno y el coro se quedaba repitiendo lo suyo, él se metía por los huecos a inventar: un chiste, un saludo para alguien del público, una pulla para un músico, una frase que se le acababa de ocurrir mirando a una muchacha de la tercera fila. Tenía la rapidez del que creció oyendo controversias y la picardía del que aprendió a sobrevivir en una ciudad donde el que se demora pierde.

Era también, todo hay que contarlo, el hombre más impuntual de la salsa. La gente lo esperaba una hora, dos, a veces más, rezongando, mirando el reloj, jurando que nunca más compraba una boleta. Y el muchacho aparecía, soltaba el primer soneo y la rabia se evaporaba antes del segundo coro. Ese perdón inmediato no se compra. Se gana conversando con la gente durante años, aunque sea desde una tarima.

Por eso el público no lo admiraba como idolo inalcanzable. Lo trataba como a uno de la casa.

En 1975 salió por su cuenta con La Voz, y Willie se quedó produciendo detrás. Vinieron canciones que todavía hoy se cantan de memoria en cualquier esquina del Caribe: Mi gente, Periódico de ayer, El día de mi suerte, Juanito Alimaña, Todo tiene su final.

En 1978, El Cantante

La escribió Rubén Blades, pero eso es un dato que se olvida rápido. Porque cuando Héctor la cantó, la canción dejó de ser de quien la escribió. Es la historia de un hombre que sube al escenario a hacer feliz a la gente mientras nadie le pregunta cómo está él. Blades la imaginó. Lavoe la estaba viviendo.

Lo que vino después no tiene arreglo musical

La droga, que lo acompañaba desde los primeros años en Nueva York, se le volvió casa. La depresión llegó a quedarse. En 1987 perdió a su hijo Héctor Jr., de 17 años, por un disparo accidental. Ese mismo tiempo de desgracia le trajo la muerte violenta de su suegra y un incendio en su casa. En 1988 se lanzó desde el noveno piso de un hotel del Condado, en San Juan. Sobrevivió, pero ya no volvió a ser el mismo.

Mientras tanto, el público seguía pidiendo Mi gente. Y él, cuando podía pararse, se la cantaba.

Héctor Lavoe murió el 29 de junio de 1993, en Nueva York, enfermo de sida. Tenía 46 años. Los que fueron al entierro cuentan que, entre los rezos, alguien empezó a cantar bajito y los demás lo siguieron. No hubo que ensayar el coro. Todo el mundo se lo sabía.

Yo no sé bien qué es lo que hace que una voz se quede viviendo en un barrio después de que el dueño se fue. Tengo sospechas. Creo que tiene que ver con haber cantado siempre hacia abajo, hacia la acera, hacia el que estaba parado al frente, y nunca hacia arriba, hacia el que firmaba los cheques. Lo que sí sé es lo que vi anoche.

Cuando terminó Periódico de ayer, el señor de la guayabera desabotonada no volvió a la discusión del penalti. Le hizo una seña al del mostrador con el dedo, una vueltica en el aire, como quien pide otra ronda. El dueño, que tiene cara de no consentir a nadie, devolvió la aguja al principio.

Nadie protestó.

Tags: Lavoe
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