La Serpiente, la Luciérnaga… y otras mentiras inducidas

¿A las palabras… se las lleva el viento…?

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¿A las palabras… se las lleva el viento…? Hemos escuchado esta frase mil y una vez, sobre todo cuando se le quiere restar importancia a lo que se dice. Por lo general, la utiliza el receptor para minimizar el impacto de la expresión recibida y de alguna manera, enviar un mensaje subliminal de mitigación a nuestro sistema emocional. Y digo “el receptor”, porque el emisor sabe muy bien el uso que le está dando a su expresión y la intensión con que la usa; hecho peligroso que lo pude convertir en un agresor pasivo, y a nosotros, en una víctima voluntaria.   

Cuando somos objeto de un ataque verbal, se activan en nuestro interior algunos escudos que funcionan según nuestra madurez, fortalezas y convicciones… pero también, nuestro sentido de empatía. Por lo general, aquel que intenta herirnos con su palabra, está poniendo en evidencia un universo inmenso de carencias, corajes, insatisfacciones y soledades, por lo que más que nuestro contraataque, merece nuestra compasión… tamaña tarea. 

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Ciertamente a las palabras se las lleva el viento; el problema es que DEJAN HUELLAS, aun en su corto vuelo. Desde esa perspectiva se nos hace complejo ser empáticos con nuestro agresor pues nuestro sistema emocional, en su natural mecanismo de defensa, prepara su artillería más pesada como respuesta inmediata; sobre todo si tenemos la materia prima para ello, pues por lo general, conocemos las más bajas e íntimas fisuras de nuestro detractor. Pero también somos dueños de un sistema racional que debemos activar en casos como estos porque, aventurarnos a una guerra de insultos y reproches, nos degrada al nivel del acosador… y eso, de por sí, ya implica una derrota. 

Es verdad que algunas palabras duelen; pero cuando analizas su origen, comienzas a entender que tú solo eres el OBJETO y no la FUENTE… es entonces que cesa el dolor y se asoma la compasión. Siempre he sostenido que “El silencio nos hace poderosos”. Mis amigos más íntimos dicen que para entenderme, es mejor prestar atención a mis silencios, que a lo que dicen mis palabras.  Nunca vayas a la guerra con un violento. La violencia es, en todas sus manifestaciones, ausencia de criterio y raciocinio. Solo ve al intercambio de conceptos o al debate de ideas… que ese sea tu único campo de batalla; y a las palabras… QUE SE LAS LLEVE EL VIENTO. 

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