Lenny Ruiz Fernández, abogada oriunda de Pasto y vinculada durante años a la defensa de los animales, fue encontrada sin vida entre los restos del edificio Ana Pilar, en el barrio Cuarto de Legua de Cali. A su lado estaba Salomón, su perro, que pudo ser rescatado con vida.
Cuando los rescatistas lograron llegar hasta el lugar donde estaba Lenny Ruiz Fernández, ya no había posibilidad de salvarla. Habían pasado horas removiendo fragmentos de concreto, revisando espacios entre placas y buscando cualquier señal de vida dentro del edificio Ana Pilar, en el barrio Cuarto de Legua de Cali, una de las estructuras afectadas por el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió al país el lunes 10 de agosto. Allí, entre los escombros, encontraron a la abogada sin vida y, muy cerca de ella, a Salomón, su perro, que todavía respiraba.
La escena comenzó a circular rápidamente porque contenía, en pocos metros, dos extremos difíciles de asimilar, la muerte de una mujer y la supervivencia del animal que la acompañaba. De acuerdo con la reconstrucción divulgada por medios nacionales, Salomón quedó protegido bajo el cuerpo de Lenny durante el colapso y pudo ser extraído con vida por los equipos de emergencia. Después fue atendido, mientras familiares y conocidos empezaban a confirmar la noticia que nadie quería recibir: Lenny no había sobrevivido.
No es posible saber con precisión qué ocurrió durante los segundos del derrumbe ni reconstruir cada una de sus decisiones en medio del movimiento. Afirmar que alcanzó a proteger conscientemente a su perro sería ir más allá de lo que puede comprobarse. Lo cierto, y suficiente para entender la fuerza de esta historia, es que ambos fueron encontrados juntos y que Salomón sobrevivió en el mismo lugar donde murió la mujer que había compartido con él su vida cotidiana.
Una abogada con una vida cercana a los animales
Lenny, además de ejercer como abogada, era recordada por personas cercanas y por organizaciones de protección animal por su sensibilidad hacia perros, gatos y otros animales, una característica que terminó adquiriendo un significado especial tras conocerse la forma en que fue encontrada después del terremoto. La Junta Defensora de Animales de Pasto, con la que había mantenido vínculos y colaboraciones, fue una de las organizaciones que lamentó públicamente su muerte.
Para quienes la conocían, Lenny no era solamente el nombre de una víctima más dentro de un balance nacional que crecía con el paso de las horas. Era una profesional, una familiar, una amiga y una mujer que había construido buena parte de sus afectos alrededor de los animales. Por eso, cuando su historia empezó a conocerse fuera de su círculo cercano, muchas de las despedidas no se concentraron únicamente en las circunstancias de su muerte, sino en la manera en que había vivido y en el cariño que sentía por Salomón.
Una familiar, en un mensaje citado posteriormente por medios de comunicación, recordó precisamente ese rasgo de su vida al despedirla y mencionar el amor que siempre había tenido por los animales y por su perro. En medio del duelo, ese tipo de recuerdos termina siendo más poderoso que cualquier descripción solemne, porque devuelve a las víctimas a su dimensión cotidiana: alguien que tenía rutinas, afectos, preocupaciones y personas —o animales— que formaban parte de su mundo antes de que todo cambiara.
El edificio Ana Pilar se convirtió en un punto de búsqueda
El terremoto sorprendió a Cali en una mañana que, en cuestión de segundos, dejó edificios dañados, viviendas colapsadas y familias incomunicadas. En el edificio Ana Pilar, situado en Cuarto de Legua, los organismos de emergencia concentraron durante horas sus esfuerzos en localizar personas atrapadas. Integrantes de los cuerpos de socorro ingresaron a zonas inestables, retiraron escombros manualmente y trabajaron con la precaución que exige cualquier estructura comprometida después de un sismo de gran magnitud.
Las labores de búsqueda fueron largas y estuvieron marcadas por la incertidumbre. En este tipo de emergencias, los rescatistas avanzan lentamente porque cada movimiento puede alterar el equilibrio de los restos de una construcción y poner en riesgo tanto a quienes están atrapados como a quienes intentan sacarlos. Fue en medio de ese proceso cuando lograron llegar hasta Lenny y Salomón.
El hallazgo del perro con vida produjo un pequeño alivio dentro de una escena que seguía siendo devastadora. Salomón pudo ser retirado del lugar y atendido, pero la mujer que había sido su compañera no tuvo la misma suerte. Para los rescatistas, acostumbrados a trabajar entre pérdidas y rescates, cada vida encontrada sigue teniendo un peso propio; para la familia de Lenny, en cambio, la supervivencia de Salomón quedó inevitablemente ligada al dolor de haberla perdido a ella.
Una historia imposible de reducir a una cifra
La supervivencia de Salomón terminó convirtiéndose en uno de los elementos más conmovedores del caso porque, de alguna manera, conserva una parte de la vida cotidiana de Lenny. Las mascotas suelen ocupar un espacio íntimo dentro de las familias y, después de una pérdida repentina, pueden transformarse también en un vínculo con quien ya no está. En este caso, el perro que compartía sus días quedó como uno de los pocos testigos de aquella mañana y como una presencia que seguirá recordándola dentro de su entorno más cercano.
No hay necesidad de convertir la historia en una fábula ni de exagerar sus circunstancias para hacerla conmovedora. La realidad ya contiene suficiente fuerza, una mujer dedicada a la protección de los animales murió bajo los escombros mientras el perro que estaba con ella logró sobrevivir. Ese hecho, sin adornos innecesarios, explica por qué su nombre comenzó a circular en medio de una emergencia que ha dejado decenas de historias de pérdida.
También recuerda algo que suele perderse cuando una tragedia se mide solamente en números. Las estadísticas son necesarias para comprender la magnitud de un desastre, pero no alcanzan para describirlo. Detrás de cada cifra hay una historia distinta, una familia esperando noticias, una vivienda vacía, un teléfono que ya no volverá a sonar y una rutina que quedó interrumpida de manera abrupta.
El terremoto del 10 de agosto dejó una amplia afectación en Cali y otras ciudades del occidente colombiano. Mientras los organismos de socorro continuaban recorriendo edificios, atendiendo heridos y buscando personas desaparecidas, comenzaron también a conocerse las identidades y las historias de algunas de las víctimas. La de Lenny fue una de ellas, pero su caso adquirió una dimensión particular por la forma en que fue hallada junto a Salomón.
En medio de una emergencia nacional, es fácil que los nombres desaparezcan detrás de cifras que cambian cada pocas horas. Por eso las historias individuales cumplen una función distinta: permiten entender que el desastre no está compuesto únicamente por edificios destruidos o balances oficiales, sino por vidas concretas que tenían proyectos, trabajos, familias y afectos.
Lenny era una de esas vidas. Había nacido en Pasto, ejercía como abogada, había construido su vida en Cali y mantenía un vínculo cercano con la protección animal. Antes del terremoto tenía una historia completa que no debería quedar reducida al instante de su muerte, por impactante que ese momento resulte.
La memoria que queda después de los escombros
Con el paso de las horas, familiares, amigos y conocidos empezaron a despedirse de Lenny en redes sociales. Los mensajes combinaron tristeza, incredulidad y recuerdos de una mujer a la que muchos asociaban con la generosidad hacia los animales. En esas despedidas aparece una dimensión de la tragedia que no puede medirse en reportes oficiales: la del duelo que comienza cuando terminan las labores de búsqueda.
Para una familia, la recuperación de un cuerpo no representa el final de una emergencia, sino el inicio de otra etapa. Vienen los trámites, los funerales, las llamadas, las explicaciones y luego el silencio de los días siguientes. En ese proceso, pequeños elementos de la vida de quien murió adquieren un valor enorme: una fotografía, una prenda, una conversación guardada y, en este caso, un perro que sobrevivió.
Salomón seguirá siendo parte de esa memoria. No porque pueda reemplazar a Lenny, sino porque pertenecía al mundo que ella construyó y al que ya no podrá regresar. Su supervivencia, dentro de una historia tan dolorosa, representa una continuidad mínima pero profundamente significativa para quienes la conocieron.
Lenny no debería ser recordada solamente por la forma en que murió
Las tragedias suelen imponer una última imagen sobre las personas que se van. En el caso de Lenny, esa imagen será inevitablemente la de los escombros, los rescatistas y Salomón encontrado con vida junto a ella. Pero reducir su historia únicamente a ese momento sería injusto.
Antes del 10 de agosto fue abogada, hija de Pasto, residente en Cali, amiga, familiar y defensora de los animales. Tuvo una vida completa antes de que un terremoto la interrumpiera en cuestión de segundos. Esa vida es la que hoy recuerdan quienes la conocieron y la que permite comprender por qué su muerte conmovió más allá de su entorno inmediato.
El edificio Ana Pilar quedó convertido en uno de los escenarios de una emergencia que Colombia tardará mucho tiempo en olvidar. Entre sus escombros, los rescatistas encontraron a Lenny sin vida y a Salomón todavía respirando. Una parte de la historia terminó allí; otra, pequeña pero significativa, logró salir con vida.
Y quizás por eso su caso seguirá siendo recordado. No como una escena construida para conmover, sino como una de esas historias que muestran que, incluso en medio de una catástrofe, los vínculos más sencillos —entre una persona y el animal que la acompañaba— pueden terminar diciendo más que cualquier cifra.
