Desde una carta a Fidel Castro hasta cuatro décadas recorriendo el mundo para reconciliar a quienes se quedaron en Cuba y quienes tuvieron que partir, el padre José Conrado celebra en Orlando medio siglo de un sacerdocio marcado por la fe, el exilio y la esperanza.
La primera vez que el padre José Conrado Rodríguez Alegre viajó a Estados Unidos no imaginaba que ese viaje cambiaría su vida para siempre.
Era 1986 cuando el entonces arzobispo de San Antonio, Texas, lo invitó a visitar a la comunidad cubana de esa diócesis. Él llegó convencido de que comprendía el sufrimiento de su pueblo. Vivía en una Cuba golpeada por las limitaciones, la vigilancia y las carencias. Creía conocer el dolor.
Pero aquella visita le enseñó otra realidad.
Frente a él encontró hombres y mujeres que habían abandonado su país dejando atrás su casa, su familia, sus amigos y toda una vida para empezar de cero en una tierra desconocida.
«Fue entonces cuando comprendí que los cubanos del exilio también habían sufrido muchísimo», recuerda. «Nosotros, los que permanecíamos en Cuba, pensábamos que solo nosotros cargábamos ese dolor. Descubrí que ellos también habían pagado un precio enorme.»
Ese descubrimiento marcaría el resto de su ministerio.
Durante los siguientes cuarenta años recorrería más de cuarenta ciudades de Estados Unidos, además de Canadá, Europa y América Latina, llevando un mismo mensaje: los cubanos necesitaban volver a encontrarse.
Hoy, cuando celebra 50 años de sacerdocio, asegura que esa ha sido una de las misiones más importantes de su vida.
Un sacerdote formado entre la fe y la adversidad
Su historia comenzó hace cinco décadas en la Arquidiócesis de Santiago de Cuba.
Fue vicario en la Iglesia de la Trinidad, en San Antonio María Claret y en la Catedral de Santiago. Al mismo tiempo recorría comunidades rurales para atender pequeñas capillas donde muchas veces el sacerdote solo llegaba de forma ocasional.
Después asumió parroquias en Palma Soriano y Contramaestre, antes de ampliar su formación académica en la Universidad Pontificia Comillas, en Madrid, y posteriormente en la Universidad de Salamanca.
Al regresar continuó sirviendo durante catorce años en la parroquia Santa Teresita del Niño Jesús y, desde hace quince años, es párroco de San Francisco de Paula, en Trinidad, una de las ciudades coloniales más emblemáticas de Cuba.
Pero su vida sacerdotal nunca estuvo separada de la realidad del país.
Mientras celebraba bautizos, matrimonios y funerales, también acompañaba a familias golpeadas por la pobreza, la emigración y la incertidumbre.
«La misión del sacerdote es caminar con su pueblo», afirma.
La carta que lo convirtió en una voz incómoda
José Conrado Rodríguez Alegre también es conocido por un episodio que marcó la historia reciente de la Iglesia cubana.
En los años noventa escribió una carta abierta dirigida a Fidel Castro.
No fue una carta política.
Fue el clamor de un sacerdote que veía crecer el sufrimiento de su pueblo y pedía cambios profundos para Cuba.
Aquella decisión tuvo consecuencias.
Volvió temporalmente a España para continuar sus estudios y muchos pensaron que no regresaría.
Pero regresó.
Porque, asegura, nunca dejó de sentir que su lugar estaba junto a los cubanos que permanecían en la isla.
Dos Cubas, un mismo dolor
Durante décadas el gobierno cubano alimentó una profunda fractura entre quienes permanecieron en la isla y quienes emigraron.
A los exiliados se les llamó traidores.
Durante años ni siquiera podían regresar libremente a su propio país.
Las familias quedaron separadas.
Las llamadas telefónicas eran escasas.
Las cartas tardaban meses o nunca llegaban.
Para José Conrado, esa división fue una de las heridas más profundas que dejó la Revolución.
Por eso convirtió en una misión personal tender puentes.
Visitaba comunidades cubanas en Estados Unidos para escuchar sus historias y, al regresar a Cuba, compartía con sus feligreses el sufrimiento que también vivían quienes habían emigrado.
«Había demasiado desconocimiento entre unos y otros.»
Con el tiempo comenzaron los reencuentros.
Los hijos volvieron a abrazar a sus padres.
Los hermanos pudieron verse otra vez.
Las familias reconstruyeron vínculos que parecían perdidos.
«Ha sido uno de los procesos humanos más hermosos que he vivido.»
La otra ayuda que sostiene a Cuba
Mientras el país atraviesa una de las crisis económicas más severas de su historia reciente, el sacerdote reconoce que millones de cubanos sobreviven gracias a la ayuda enviada desde el extranjero.
Medicinas.
Alimentos.
Ropa.
Dinero.
Cada envío representa una esperanza para familias que enfrentan apagones, escasez de alimentos y falta de medicamentos.
El padre José Conrado ha visto esa solidaridad durante décadas.
Muchas de sus parroquias recibieron cajas de medicinas enviadas desde Orlando, Miami y otras ciudades estadounidenses.
«Ha sido una demostración inmensa de amor», afirma.
No solo de cubanos.
También de personas de otras nacionalidades que, al conocer la realidad de la isla, decidieron ayudar.
«Ya llegó la hora»
Aunque evita los discursos políticos, el sacerdote no oculta su preocupación por el futuro de Cuba.
Habla de una población agotada.
De jóvenes que no encuentran oportunidades.
De familias separadas.
De una economía incapaz de responder a las necesidades más básicas.
Y lanza una reflexión que resume décadas de observación pastoral.
«Ya llegó la hora de dejar atrás esta situación que tanto daño le ha hecho al pueblo cubano.»
Sin embargo, insiste en que cualquier transformación debe construirse desde la paz.
«No deseo una solución violenta. Quiero una solución pacífica, donde todos podamos construir el país que merecemos.»
Orlando, una segunda casa
Después de celebrar su aniversario sacerdotal en Miami junto a familiares llegados desde California, Colorado, Illinois y distintos puntos de Florida, José Conrado viajará a Orlando para compartir una misa de acción de gracias con la comunidad que durante tantos años lo ha acompañado.
La celebración tendrá lugar el 15 de julio, en St. Charles Borromeo Catholic Church.
No será simplemente una conmemoración.
Será el reencuentro con muchos de los cubanos que durante cuatro décadas han respaldado sus parroquias y su labor pastoral.
«Siempre llevo en la Eucaristía un profundo sentimiento de gratitud por la generosidad de esta comunidad.»
La esperanza como último refugio
Antes de despedirse, el sacerdote pide oraciones por Venezuela, Nicaragua, Haití, Ucrania y todos los pueblos que atraviesan tiempos difíciles.
Pero inevitablemente vuelve a Cuba.
Su voz se hace más pausada.
«Recen por Cuba.»
No pide revancha.
No habla de vencedores ni vencidos.
Habla de reconciliación.
Después de cincuenta años de sacerdocio, el padre José Conrado Rodríguez Alegre sigue convencido de que la fe puede hacer algo que la política todavía no ha conseguido: reunir nuevamente a un pueblo dividido durante más de seis décadas.
Y mientras se prepara para regresar a Trinidad, donde lo espera la parroquia de San Francisco de Paula, conserva intacta la esperanza de celebrar algún día una misa en una Cuba donde ya no existan dos orillas, sino una sola nación reconciliada con su historia y con su futuro.